La unidad se quedó en el discurso, en la unción de Añorve

David Espino

Manuel Añorve Baños es llevado casi en vilo por los ex gobernadores René Juárez Cisneros y Rubén Figueroa Alcocer en la llamada marcha de la unidad que el jueves 19 convocaron los priístas en razón de su registro. Los ex mandatarios flanquean al precandidato del PRI, lo arropan, caminan a toda prisa mientras el alcalde con licencia de Acapulco trata de llevar su ritmo aunque a veces no lo consigue, se esfuerza pero parece no conseguirlo, acaso porque no tiene la estatura, que no por sus pequeñas extremidades. Lo conducen –en evidencia la tutela política– a la sede del Comité Directivo Estatal (CDE) del PRI donde ya lo espera el pleno encabezado por su presidente, Efrén Leyva Acevedo para completar el rito.
Dos horas y media antes, a las 2:00 de la tarde, pequeños contingentes iniciaron su llegada a la alameda de Chilpancingo. Extraviados, con prisas para usar el baño móvil colocado para la ocasión por los organizadores, mujeres, hombres, niños, ancianos y uno que otro gay; chilapeños, calentanos, amuzgos, chilpancingueños y sobre todo acapulqueños; obreros, trabajadores de la construcción, taxistas, burócratas, ex funcionarios y funcionarios en activo de la comuna porteña en busca de la perpetuidad presupuestal, comerciantes y hasta vendedores de todo tipo de frituras se confunden entre los recién llegados.
Un personaje urbano que mastica vidrios rotos y se acuesta sobre ellos entre los rojos de los semáforos, ad hoc a la ocasión de maroma y teatro, de unidad sólo de discurso de los priístas, distrae tanto al "músculo del PRI", así lo llamó Añorve en su discurso –un músculo más bien flácido alimentado de pizzas y gaseosas, de tortas de jamón y un jugo repartido por algunos de los organizadores–, que un joven de negritud rebosante en su rostro y con playera blanca con la leyenda "la CTM con Manuel" se pierde de momento entre el gentío, no halla a su contingente, mira a los cuatro puntos cardinales para divisar vestimentas similares, corre entre un grupo de unos 100 priístas con gorras rotuladas con un 28 que se dirigen por el andador Zapata hacia el zócalo capitalino, mientras otros optan por irse por Juárez.
La caravana del Frente Juvenil Revolucionario (FJR) hace más ruido por las matracas y el altoparlante que escupe vítores hacia Añorve que por el verdadero número de voces que son, unas 30. Otro grupo trae chile frito, uno más viene con una mojiganga y otro emula ser cargado por una viejecita, personajes sacados del Guerrero profundo, pero aquí parecen carnavalescos. Hasta delante, con Añorve a la cabeza de la marcha, tlacololeros y santiagos y un camión torton con un aparato de sonido atraen la atención de apáticos y escépticos de la avenida Alemán. Unos 10 mil lo siguen por dos frentes. La gran marcha –bien cabe el adjetivo– se divide, como divido llegó el PRI a este momento.
Sin alguien quien los guíe, sin un liderazgo definido, esta vez en el PRI cada quien le da por donde mejor le conviene, acaso por la brecha más corta. Unos en efecto, siguen al contingente que encabeza Añorve, otros sin saber qué seguir pero arrastrados por la inercia, recorren la avenida Ignacio Ramírez. Hasta adelante, donde ambas arterias se hacen una, la Lázaro Cárdenas, pequeños grupos de 10 y 20 gentes esperan sumarse a la marcha. Vienen, según se lee en sus playeras, de Petatlán, de Tixtla, de Zumpango, pero son minúsculos si se compara con el número de habitantes.
En las inmediaciones de las oficinas del tricolor no parece Chilpancingo sino un paraje de paso de camioneros, taxistas y urvans de alguna ciudad perdida, pero no, en realidad son las docenas de automotores del transporte público con el que se acarreó a los miles de personas que recibieron empujones y codazos, la lumbre del sol en sus rostros, una efímera llovizna producto de la compasión de Tláloc que al final les dio oportunidad de llevar a cabo todo el rito, para contemplar de lejos al ungido precandidato, para escuchar no otra cosa que lo que siempre se oye en estos casos y, demás, que él será el guerrero que necesitan, en un discurso que pareció sacado del título de la película de su antecesor en la alcaldía porteña.
Una media hora después de leer su mensaje de 12 cuartillas y beber agua para humedecer la garganta, luego de que el confeti tricolor se esparció por lo ancho de la explanada del PRI estatal expulsados a borbotones por un cañón de aire, a un costado los ex gobernadores René Juárez y Rubén Figueroa y atrás el pleno de la dirigencia priístas, luego de entregar su solicitud de registro ante la Comisión Estatal de Procesos Internos, desde la ventana de la presidencia priísta, de donde se ha asomado a lo largo de la historia la crema del priísmo estatal, su esposa Julieta Fernández lanza un bostezo de hastío mientras él –llevado hasta allá casi en hombros por sus operadores– alza sus brazos en señal de triunfo ante los contingentes que poco a poco se retiran y la caravana de jóvenes revolucionarios que aún se siguen desgañitando con porras y vítores cual grupies ante el priísta que enseguida se pierde de su vista.
La desembocadura de la avenida Alemán e Ignacio Ramírez se hace una en el monumento a las banderas, el lugar donde también se hizo de una sola hebra el río de gente, donde se unió la divida marcha de la unidad que acompañó a un Añorve que, sin embargo, llegó sólo. El respaldo de Ángel Aguirre Rivera para que llegara a ocupar Casa Guerrero se quedó en 1998. De 12 años para acá, muchas cosas han pasado.

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