Desenterrar cuerpos en tierra de nadie

|David Espino|
Leonid. El último antropólogo forense.
Leonid recuerda el momento exacto en que vio a Paola. No supo su nombre sino hasta muchos días después. La vio casi en los huesos, los ojos ausentes, deshabitados. La vio porque sus compañeros le dijeron que habían descubierto a tres mujeres y querían su opinión sobre ellas. Leonid las observó con detenimiento. No pudo calcular su edad, pero supuso que apenas eran unas jovencitas.

Paola no vio a Leonid. Nunca lo vería ni lo conocería como él a ella. Sus ojos apuntaban al cielo y no lo miraban. No podían. Vestía una blusa blanca con la imagen de una manzana mordida y un contorno de lentejuelas plateadas. Encima se había puesto una sudadera gris y un pantalón de mezclilla. Toda la ropa que llevaba ese día le quedaba muy grande, como si fuera de su padre. Tenía una mueca que parecía una sonrisa, pero los muertos no sonríen.

Leonid llegó al lugar alrededor de las 10:00 de la mañana. Había recibido un oficio de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Guerrero, donde trabaja como perito, para que fuera a explorar una zona donde, según una denuncia, había una tumba clandestina. Ese 7 de julio de 2014 Leonid Arreaga Martínez, antropólogo forense de 31 años, conoció a Paola Yaretzi Carranza Salgado, estudiante de 15 años que desapareció en diciembre de 2013 y que fue hallada siete meses después, enterrada junto a dos mujeres y 11 cadáveres más que estaban esparcidos en cinco fosas.

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