[David Espino]
Chevio
corre, se desliza entre las llantas, limpia, exprime, vuelve a
limpiar, mira (no mira), pide con los ojos. Recibe, dos, tres pesos.
Todo en 30 segundos.
El
semáforo en verde, corre hacia la acera malhecha. Debe dar uno, dos
saltos y estar fuera del torrente de lámina y fibra de vidrio. Se
tarda un parpadeo, parece un parpadeo la distancia de la segunda fila
de vehículos a la banqueta. “Pero no –dice–, es práctica.
Ponerse buzo o te aplastan. A la gente le vales madre. Te echan el
carro, como si no estuvieras. Como si fueras invisible”.
Y casi
lo es. Es flaco y de baja estatura, bastante baja para sus 17 años.
Moreno. Sus ojos irritados, negros como su pelo, miran a todos lados.
Acá los abrió, en Chilpancingo. Una ciudad que es como una sola
manzana asimétrica; sin avenidas anchas pero con muchos carros. Aun
algunas Hummers atascan las callejuelas. Sus tripulantes marcan su
distancia entre ellos y los que andan por las aceras angostas: la
inmensa mayoría de los 270 mil habitantes que viven en esta capital
sin basureros públicos. Funcionarios y comerciantes, los menos.
Burócratas y subempleados, los más, no tienen ni dónde echar sus
miedos.
–No,
no sé dónde nací, la neta. Para que le voy a echar chisme. Estaba
muy morro y no me acuerdo –ríe.
Ríe
y no se sabe porqué. Es verdad lo que dice. Chevio
no se acuerda donde nació porque no conoció a su madre para que se
lo dijera. Lo dice después de una hora de plática en intermedios de
rojo a verde. De verde a rojo. Lo único que sabe de su niñez es que
siempre ha estado en la calle. “Aquí crecí, aquí me críe –dice
y mira al piso. Calla un instante–. Se me hace que así le puede
poner, que soy de aquí: de la calle. Primero fui bolero, vendí
periódicos, chicles. Anduve cargando canastas en el mercado. Y
apenas me vine para acá, a esta esquina”.
Pero
ese “apenas” para él, es hace seis años, cuando tenía, apenas,
11.
El semáforo en rojo. Chevio vuelve al torrente que se desborda por la hora pico. La 1:30 de la tarde. El sol también está en su hora crítica. Los chicos vuelven de la escuela. El Colegio de Monjas, a una cuadra de donde trabaja, acaba de abrir sus puertas para que las nanas entren por los niños. Las camionetas de lujo paran el tráfico. Las combis cortan vuelta y los cláxones se hacen lugar común. Cosa de todos los días.
Son
chicos ricos los que salen de esta escuela. Su piel es diferente a la
de Chevio,
que
es cuarteada y ceniza.
Su
postura al caminar, su pelo. Incluso su sudor y hasta cómo lo miran
cuando él aprovecha lo lento del tráfico para limpiar cuantas
parabrisas puede y llega donde vienen trepados los chicos de cachetes
rosados, el cristal de por medio. Chevio
tampoco los mira “¡me valen madres sus aires acondicionados!”,
diría después. Y se piensa que también le vale madres sus aires de
grandeza.
Este,
el Colegio de Monjas, es una escuela donde los funcionarios, los
comerciantes acaudalados –Los Adame, Los Calvo, Los Alarcón, Los
Azar (cada vez menos, por cierto, desde que llegaron las cadenas de
Liverpool, Sams, Walmart, Cinepolis, no hace más de 10 años)–
traen a sus hijos a estudiar desde el preescolar hasta el
bachillerato. Aquí han estudiado las señoritas más codiciadas,
ahora ancianas que viven de sus recuerdos; hombres que han sido
alcaldes o diputados, y uno que otro criminal de renombre cuyo
apellido (Azar, por ejemplo) le ha servido para pasar una noche en la
cárcel por cometer un secuestro.
Chevio
en cambio, nunca pasó por una escuela, y estuvo dos años en el
Tutelar de Menores Infractores (eufemismo para la cárcel de niños)
“porque pues, la neta, también fui carterista. Mal carterista, o
con tan pinche mala pata que a la semana de haberme decidido a seguir
los pasos de El
Memo,
un cuate, que me agarran lo cuicos. Me dieron una chinga que todavía
recuerdo, y lo peor, una pinche bañada con agua helada, de ésa como
la que se pone en diciembre”.
–Fue
mi primera Navidad en el Tute.
Allí
aprendí a escribir mi nombre y a leer. No sé para qué.
La
imagen más próxima que tiene de sus padres es por lo que le decía
una tía. La Tía. Con ella creció hasta que pudo salirse y no
volver.
–A
la única que quise fue a una prima, Tere. La tía me daba mis
chingas pero no de comer. La recuerdo. Era una bruja. Echaba las
cartas y esas mamadas. Me decía “huérfano, hijo de tu puta
madre”. Era hermana de mi jefe. Un día él resultó muerto. Lo
atropelló un carro en el bulevar cuando regresaba borracho a la
colonia del PRD, donde vivíamos. Yo era un morrito. No lo recuerdo.
Por su
tía, dice, supo entonces que su padre era un briago que había
matado un carro y que su madre era una puta que no ha conocido ni en
retrato.
–De
mi prima ya no supe. Sé que se juntó con un bato chido.
Pero
sí, sí supo. Lo dijo ante la insistencia.
–Y
para qué quiere saber tanto; que es cuico o qué.
–¡No!
–se le niega.
Entonces
lo dice: “Mi prima Tere se arrejuntó a los 14. El bato le salió
chambeador, a lo mejor porque era cinco años mayor. Se fueron rápido
para arriba. Luego supe que era dealer. Que había caído en el bote.
Estuvo cuatro años en el tambo de Acapulco. Lo apañaron en 2007,
salió al comenzar el 2011, nada más a que lo quebraran. Es todo lo
que supe. Tere me lo contó la última vez que la vi, cuando regresó
donde la tía”.
Se
entero de más. Chevio
se enteró, por ejemplo, de que su prima y su marido estaban sentados
en una banca del parque Papagayo. Su hija corría atrás de los patos
mientras ellos comían elotes y platicaban. “Tere dice que no
recuerda nada. Sólo cuando escuchó un disparo muy cerca de sus
orejas y lo vio caer todavía sacudiéndose, ensangrentado. El balazo
fue en la cabeza. No supo si se lo tiraron de lejos o fue allí
mismo. Llevaba un mes afuera del tambo. Salió con hartas ganas de
ver a su chavita, que tendría unos cinco años”.
Lo
platica con indiferencia, como si hablara de un sentimiento mohoso
del que no tiene interés de aceitar ni, mucho menos, de andarlo
contando no más porque sí. “Es todo lo que sé de Teresita, desde
hace meses que le mataron al bato”.
El
tráfico cesa. La hora pico pasa. Por un momento Chevio
fue apático al rojo y al verde del semáforo. Ya no. Vuelve el rojo.
Chevio
corre, se desliza entre las llantas, limpia, exprime, vuelve a
limpiar, mira (no mira), pide con los ojos. Recibe, dos, tres pesos.
Todo en 30 segundos.
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